lunes, 26 de diciembre de 2011

Perdiendo años

            Para muchos el año empieza en su cumpleaños, para otros el 1 de enero. Momentos donde uno frena, piensa, se alegra, se angustia, se propone, se resigna. Será que durante el año uno esta con tantas cosas que al finalizar el año termina la maratón de actividades, de estrés.

            Para mi, mi año comenzó en mi cumpleaños, allá en agosto. Tuve todas las sensaciones nombradas antes. Lo empecé con insomnio, llorando. Casualmente era un día en donde llovía y de a ratos salía el sol, este clima tropical que nos está acompañando últimamente. Me vi obligada a repensarme, la atención estaba puesta en mi, ¿cómo poder soportar esa presión? Solo con las personas que uno quiere, ahí surgen las personas que uno pensaba querer y luego…

            ¡Un año! ¿Qué significa un año? El problema es cuando no significa nada, cuando no se diferencia del anterior, cuando pasó así de rápido… Pero dejar atrás pensamientos, materias, prejuicios, personas, ideales, ataduras… ese fue mi año.

            ¿Ganar años o perderlos? Me gusta la idea de ir perdiendo cosas con los años, me hace sentir liviana, libre, ¡fresca! No aparece en el lenguaje cotidiano, pero sin duda que está la pérdida como algo bueno. Cuando uno pierde encuentra… y ahí esta el significado de los años, lo que suma, lo que uno encuentra.

            Este año se caracterizó por las perdidas… Quizás el año que viene será un año donde encuentre. No, creo que esta todo mezclado. Esto me pasó este año, no pude afirmar nada de la vida, mis teorías se caían, cambiaban… desilusiones.

            ¡Este año me libere de los pensamientos cristalizados!

sábado, 19 de noviembre de 2011

Certezas que engrandecen

            Yo sabía dónde quedaba, ya había ido hace unos años con mis amigas. Había sido una aventura, no era un lugar conocido para ese entonces. Nos sentíamos locales, sabíamos los secretos de esa tierra, de esas playas, de esa gente.
           
            Por aquel motivo, era la guía, alguien a quien debían seguir, marcaba el rumbo. En primer lugar, empezamos por cruzar esa laguna, avisé que pongan sus mochilas arriba de la cabeza. Era hondo pero si uno era valiente y no desesperaba llegaba al otro lado, llegaba a esa playa de arena blanca, ese mar trasparente, tranquilo y mansito. Ahí, nos instalamos un rato, tomamos un poco de sol, nos refrescamos en el mar y almorzamos.
            Pero había otro lugar mejor, otra playa escondida. En donde para llegar había que ser aún más valiente. No había que traspasar agua, sino que había que trepar un morro. Animarse a descubrir, ir mas allá de lo que la vista, el ángulo de 45 grados deja conocer.
            Fue un trabajo más difícil el de convencer que me siguieran, pero sentía tanta seguridad, tan claro era mi recuerdo que no dejaba margen alguno para la duda. Los arrastré como un ganado, como si los hubiera trasladado con mis manos, con mi deseo de compartir ese paraíso.
            Era extraño, de golpe mi secreto no era tan único. Costaba trepar el morro, no por la dificultad de las piedras y el camino sin señalamiento, sino por la cantidad de gente que había. Se había vuelto turístico, había que pedir permiso. Fue perdiendo, se fueron desprendiendo pétalos de asombro. Pero mantenía mi certeza, había algo que debía ser mostrado.
            Al llegar a la sima, atravesando la gente, nos encontramos con la razón del embotellamiento. No era permitido arribar al paraíso. A los mutantes nos les gustaba que invadieran su belleza. Era su lugar y habían decidido defenderlo. Se los veía desde la sima del morro, esos cuerpos largos, grandotes y oscuros. Eran pocos pero eran tan gigantes que la playa parecía más chica de lo que la recordaba. Nadaban de un lado a otro, se reposaban en la arena, se bañaban en una piletita hecha naturalmente por rocas. Me acordé que la primera vez que fui, me metí en esa pileta y la sentía como peligrosa, podía venir una ola y golpearme contra las rocas. Pero para ellos era inocente y relajante.
            Quería ir, quería explicarles que no era turista, que era local, que ya había ido, que no ensuciaba la playa, que tiraba los papeles en el tacho, que no tenía sombrilla ni carpa, que no quería música, ni poner un kiosco, no quería vender pulseras ni comida, que me parecía muy bello, exótico, que los respetaba, que los admiraba y apreciaba. Pero mi mensaje no podía ser enviado, estaban muy enojados, guerrilleados con armas que blockeaban la entrada. Eran capaces de matar, para ellos éramos insectos, una plaga que se multiplicaba.
            Me ví defraudada, vacía, pequeña. Caminaba entre la gente con poca energía, desorientada, ya nadie me seguía. Perdí ese lugar de pasión, de ilusión, que me mantenía viva, me hacía una líder, me engrandecía.

martes, 15 de noviembre de 2011

El paisaje esta cambiando

           Era una tarde de verano de mucho calor. Los caballos sudaban, el sol quemaba el pastizal. Ya hacía varias semanas que no llovía, la tierra del camino estaba tan dura que se escuchaban las pisadas de la yegua La Colorada. Además el charco se estaba secando, retrocedía cada día más. Ese año se pudo sembrar en aquel lote, solo quedaba agua en el camino viejo. Ya todo volvía al paisaje conocido, al recordado, luego de la inesperada inundación.
            Bernarda andaba la petiza pintada, el abuelo se la había regalado el año pasado para su cumpleaños. Pero ese año estaba  más mañera, le costaba doblarla, no le hacía caso. Había que pedirle al peticero que la use más en el invierno, capaz su hijo la podía andar. Aunque Bernarda ese día le pidió el rebenque al abuelo, después de tantas tardes de renegar, y decidió darle una paliza a ver si la sacaba buena.
            Después de una recorrida al trote, llegaron al lote del charco. Juan Carlos y Ramón se bajaron del caballo, se sacaron la remera y se sentaron cerca de la orilla. Bernarda los siguió y se sentó al lado. Tenía mucho calor. Entonces pensó que podía sacarse la remera también, ya que era chiquita no tenía nada que mostrar, además eran sus primos que podía pasar. Decidió comentarlo en voz alta.
-“Me voy a sacar la remera si total mi parte de arriba es como la de ustedes.”
            Juan Carlos y Ramón la miraron serios y extrañados pero asintieron con la cabeza sin decir nada. No era la respuesta que ella esperaba, se sintió incomoda pero igual se sacó la remera confiada que nada había de diferente. Al sacársela se notó rara, como si hubiera una tensión. ¿Qué pasa?, pensaba. Le daban ganas de volverse a poner la remera, pero no lo hacía, le daba vergüenza mostrar disgusto. Los chicos no la miraban, estaban callados. Bernarda se da cuenta que ya no era lo mismo, se siente distinta, desnuda, a pesar de que todavía su cuerpo no había madurado. Aguanta unos minutos y se viste. ¡Por fin!, ya está, había pasado, todo volvió a la normalidad. Agarran sus caballos y deciden ir a ver al padrillo que estaba en el molino.
            No volvió a acordarse de aquel momento angustiante con sus primos. Era mucho para ella, o era muy extraño. Simplemente no lo entendía. Pero sabía que era algo para callar, para tapar, para ocultar. Algo intimo en su cuerpo nació en ella, algo que debía cuidar, inclusive en la presencia de sus primos mas queridos.  

martes, 30 de agosto de 2011

Tecnohumanos


           En los últimos años, científicos de todo el mundo lanzaron al mercado los resultados de una mescla genética humana combinada con las más actualizada tecnología. Son como autómatas, sus acciones no tienen sentido. Sus antenas captan las señales. Estas indican con quien hay que reunirse, y de quien hay que alejarse de acuerdo a determinadas características superficiales. Están activados por un control remoto que en su nacimiento fue programado para hacer ciertas actividades y pensar ciertas ideas. Esta tecnología súper avanzada está capacitada para ocultar la ecuación principal de su creación.
            Un tipo de programación se desarrolla de la siguiente manera. No pueden llorar ni pueden discutir en público. La pregunta: ¿Cómo te sentís? Está programada para responder: “bien, re bien, muy bien, todo bien.” También tienen una programación de los prohibidos, como por ejemplo hay ciertas palabras que no pueden pronunciarse: “rojo, alacena, piscina, cena, merienda, maya, habitación, pieza.” No solo no pueden pronunciarlas, también tienen que huir de todo aquel que las pronuncia y avisar a los suyos, es un tema de conversación que les despierta numerosos receptores.
            Están programados para casarse antes de los treinta. La mujer tiene que ser linda, flaca, vestirse con ropa de marca, no opinar de fútbol, de política, de economía. Si comenta tiene que ser algo muy sutil y algo correcto. Tiene que tener el pelo largo, ser simpática, tener honda, ser canchera, no tanto para que no parezca una loca. El hombre es testarudo, jamás habla de lo que siente, sabe de política, economía y futbol, y más deportes. Para él la mujer es inferior. Cuanto peor la trate más la atrae, más hombre es, hasta capaz más gracioso. No pueden vivir en zona sur, y juntarse con quienes viven ahí. Luego de casarse están programados para tener muchos hijos. Los hijos varones van a un colegio y las hijas mujeres a otro. Esto facilita desarrollar la programación de la personalidad de cada sexo antes descripta.
            ¿Valores? Ah si también los tienen programados. Valoran la belleza por sobre todas las cosas. La belleza física. Condenan de aburrimiento la bondad, la solidaridad, la diferencia.
            Existe un servicio técnico para cada tipo de programación. Es una mescla de psicólogos y técnicos que crearon el “Manual TH I” para diagnosticar las desviaciones y reprogramar el sistema por medio de una serie de pasos según el tipo de programación. Hay mucha expectativa en los tecnohumanos, ya que esto permite tener la mayor objetividad lograda en la psicología.
            Pero investigaciones recientes están probando que hay una falla en el sistema. Se está demostrando que a partir de los cuarenta años la programación no responde correctamente. Esto se manifiesta en depresiones periódicas sin sentido aparente.
                  Bueno… capaz lo humano es menos dominante pero sobrevive más tiempo que lo tecnológico. Si queremos “vivir” mucho años tenemos que tener cuidado en qué medida comercializamos.

martes, 23 de agosto de 2011

Laberinto de sentimientos


            El relato de Kafka, “La condena”, logra contar un cuento corto pero con tanto contenido. Una novia de familia acomodada, un padre enfermo, un amigo traicionado, el fantasma de la madre. Georg, a punto de casarse se acuerda de su amigo, ese de la infancia. Esos amigos que la vida te separa. Él se sentía afortunado con sus éxitos, su trabajo, su noviazgo, pero apenado por su amigo alejado en ese país extranjero y solo. ¡Que engañoso es el lenguaje!, llenarse la vida de posiciones jerárquicas y palabras vacías no cubre la situación verdadera, las angustias no elaboradas. Dos amigos aparentemente tan alejados pero tan cerca en lo más íntimo de su alma.
            La conversación con el padre, lo dice todo, lo muestra todo. Ese hombre mayor postrado en su cuarto oscuro, lamentándose por la muerte de su mujer, él era el único que sufría… ¿Acaso un hijo no puede, no tiene el derecho a  padecer la muerte de su madre? Esos padres totalitarios que tratan a sus hijos como objetos para descargarse. Y Georg… atrapado en ese laberinto de personajes y sentimientos y aferrado a su mundo de fantasías decide rendirse, elige la cobardía quitándose la vida saltando de un puente.
            Estaba en mi cuarto, era un día de semana en la media noche. De repente me desperté, se abrió bruscamente la puerta. Sentía una fuerte, intensa, densa, desgarradora voz. Un hombre desesperado, reclamando justicia “¡Ese no es su lugar!”. En mi cama aterrada quería bajar a cerrar la puerta, no podía, mi cuerpo no podía soportarlo. Me quedé tapada con mis sabanas, sentía la muerte, la más horrible agresividad, ese hombre capaz de hacer cualquier cosa. No podía distinguir a quien le hablaba.
            Me desperté, estaba en mi cuarto. Me sentía agitada. Sabía que era un sueño pero no podía despegarme de él. Estaba con mucho sueño, hacía un esfuerzo para no dormirme. Me daba miedo, ahora era mi mente la que temía. A lo largo del día me fui olvidando, hasta me parecía absurdo todo lo de aquella noche.
            ¿Será que en el sueño en realidad despertamos? Se nos abren las puertas a la más profunda verdad de nuestro ser. Todo esto nos parece tan extraño de día, nos desconocemos y así vivimos, tapando lo más bello que habita en nuestras vidas, lo que le da sentido y dirección, para no caer del puente a la muerte.

martes, 16 de agosto de 2011

El Amor en tiempos frios


Buscando, investigando historias de amor clásicas encontré solo historias de un amor pasional, tormentoso, obsesivo. No me voy a poner a analizar como Freud, que todo esto viene del obligado fracaso de nuestra primera vivencia, él ya lo hizo. Pero sí, es verdad, existe esa marca.
            Nuestro primer encuentro con el amor es con nuestra Madre, ese ser perfecto que nos dio la vida y nos sostuvo. Más tarde, es condición para la exogamia que alguien nos prohíba ese Amor caprichoso. De esto nada queremos saber, nos lastimó, nos frustró, pero queda la marca en lo más profundo de nuestro ser que nos enseñó cómo se siente El Amor único, irremplazable y trágico.
En el momento q empecé a salir era todo tan lindo, me sentía valiente y libre. Empecé a conocer una persona increíble, tan honesta, tan paciente, tan linda. Me dio miedo, un miedo bueno que me ayudó a crecer. A pesar de mis rayes él estuvo ahí, me sostuvo, me motivó para que siga adelante. Lo traje a casa, conoció a mi mamá y a mis hermanos, tan valiente, tan educado, tan cortes, tan caballero.
El martes era nuestro día. Venía de la facultad, llegaba y se refregaba los ojos. Me decía que estaba cansado, pero que no importaba, me sonreía y me daba un beso diciéndome que me extrañaba. Le decía que se siente, no lo hacía, me pedía agua. Nos gustaba comer sin ver tele. Más tarde nos íbamos arriba a ver una película, le gustaba abrazarme. En las propagandas me giraba la cabeza para darme un beso. Yo lo sentía como el beso del hombre araña, no se lo decía, me daba vergüenza, me parecía estúpido e infantil. Eran las doce de la noche, estaba cansada, tenía que llevarlo. Nos tomábamos diez minutos más, nos abrazábamos como si fueran los últimos segundos de nuestra vida. Quizás no por separarnos, sino por la fatiga de levantarnos, el frio del invierno. Me decía: “Uy… ya te agarro la pachorra”. Me reía, le parecía dulce. Nos despedíamos con sus últimas palabras: “Me haces muy feliz”. 
Pero había algo, algo tan tonto e insignificante. Decidí omitirlo. Me sentía madura por sobreponerme a mis ideales impuestos y mirar más allá de lo que cualquiera pudiera ver.
No es que era vidente, o la elegida o algo por el estilo. Nadie más podía verlo porque nadie me lo enseñó, era mío. No me lo enseñaron los griego ni los romanos, no me lo enseñó Shakespeare, no me lo enseñó Hollywood, no me lo enseñó Mamá ni Papá. Pero esto no se logra de un día para el otro, es necesario enfriar ese Amor y devolverlo a quien le corresponde, porque estoy muy agradecida pero yo ya no lo necesito. Es hora de empezar a aprender a amar y dejar que me amen a mi manera y así poder crear mis propias marcas.

martes, 9 de agosto de 2011

Los Hermanos

          La tragedia de “Los siete contra Tebas”, representa la lucha de dos hermanos hijos de Edipo. Edipo una vez ciego parte al exilio, y el trono de Tebas queda en poder de su hijo Eteocles, quien lo deberá ceder al cabo de un año a su hermano Polinices. Transcurrido el primer turno y ante la renuencia de aquél a traspasar el mando, Polinices solicita ayuda a la vecina Argos para asediar Tebas. Es la lucha fratricida.

Eteocles llama a su pueblo a luchar. El coro pide a los dioses piedad, proteger a la ciudad. Eteocles hace callar al coro, lo acusa de cobarde. El pide luchar y que los dioses tomen partido defendiéndolo. Para él la única salvación es el triunfo. ¿Es cobarde quien llama a una ley superior o el que teme perder los beneficios al someterse a la ley?
Una guerra donde en ambos lados hay muertes… sin embargo continúa. El coro lo entiende siente lastima por la muerte de los combatientes defensores de Eteocles.
CORO: “¡Oh el más querido de los hombres, hijo de Edipo, no seas semejante en cólera al que habla tan horribles palabras! Bastante es que los cadmeos lleguen a las manos con los argivos: pues existe purificación para esta sangre. Pero la muerte mutua de dos hermanos es una mancha que no envejece.”

¿Qué significa la maldición del padre Edipo? Todos conocen la tragedia de Edipo el cual comete incesto con su madre y mata a su padre. Siguiendo a Freud, en su texto “Totem y tabú”, el cual nos hace una descripción detallada de cómo a lo largo de la prehistoria se hizo necesaria la ley de la prohibición del incesto para poder vivir en una comunidad. Esta ley será transmitida por el padre, esa es su función. Por lo tanto la maldición de Edipo hacía sus hijos se podría leer como la falta de esta transmisión. Esto produce, como bien lo explica Freud y como se desenlaza la tragedia, la guerra y la muerte entre hermanos.  
           De chicos compartíamos la coca entre todos, juntábamos los vasos para calcular la misma medida para cada uno. El chocolate tenía que ser cortado por igual para los 5 hermanos. ¿En qué momento dejamos de repartir las porciones? ¿En el momento en que crecimos y nos dimos cuenta que algunos eran más débiles? No tan grandes para darnos cuenta de las consecuencias de los beneficios de la dominancia, pensar que cuanto más fuerte y dominante más felices éramos. Así empezó la lucha, así nos lastimamos. Hoy cansados y derrotados nos volvemos a encontrar apenados y arrepentidos de haber perdido momentos importantes, cumpleaños, recibidas, noviazgos, fracasos, alegrías, casamientos, nacimientos. Lamentados por nuestras arrogancias, soberbias, intolerancias y cobardías ¿Cómo pudo todo esto seducirnos para pensar que era lo que nos correspondía, que eso era ser valiente? Este camino nos llevaba a la muerte, capaz no una guerra con lanzas pero si un cáncer, una paro cardíaco, una enfermedad crónica, la infelicidad. No hay manera, y en esto soy drástica, de negar ese amor, de mirar para otro lado, y salir triunfante. Pasaría, enquistado, como la maldición de Edipo, a nuestros hijos.