sábado, 19 de noviembre de 2011

Certezas que engrandecen

            Yo sabía dónde quedaba, ya había ido hace unos años con mis amigas. Había sido una aventura, no era un lugar conocido para ese entonces. Nos sentíamos locales, sabíamos los secretos de esa tierra, de esas playas, de esa gente.
           
            Por aquel motivo, era la guía, alguien a quien debían seguir, marcaba el rumbo. En primer lugar, empezamos por cruzar esa laguna, avisé que pongan sus mochilas arriba de la cabeza. Era hondo pero si uno era valiente y no desesperaba llegaba al otro lado, llegaba a esa playa de arena blanca, ese mar trasparente, tranquilo y mansito. Ahí, nos instalamos un rato, tomamos un poco de sol, nos refrescamos en el mar y almorzamos.
            Pero había otro lugar mejor, otra playa escondida. En donde para llegar había que ser aún más valiente. No había que traspasar agua, sino que había que trepar un morro. Animarse a descubrir, ir mas allá de lo que la vista, el ángulo de 45 grados deja conocer.
            Fue un trabajo más difícil el de convencer que me siguieran, pero sentía tanta seguridad, tan claro era mi recuerdo que no dejaba margen alguno para la duda. Los arrastré como un ganado, como si los hubiera trasladado con mis manos, con mi deseo de compartir ese paraíso.
            Era extraño, de golpe mi secreto no era tan único. Costaba trepar el morro, no por la dificultad de las piedras y el camino sin señalamiento, sino por la cantidad de gente que había. Se había vuelto turístico, había que pedir permiso. Fue perdiendo, se fueron desprendiendo pétalos de asombro. Pero mantenía mi certeza, había algo que debía ser mostrado.
            Al llegar a la sima, atravesando la gente, nos encontramos con la razón del embotellamiento. No era permitido arribar al paraíso. A los mutantes nos les gustaba que invadieran su belleza. Era su lugar y habían decidido defenderlo. Se los veía desde la sima del morro, esos cuerpos largos, grandotes y oscuros. Eran pocos pero eran tan gigantes que la playa parecía más chica de lo que la recordaba. Nadaban de un lado a otro, se reposaban en la arena, se bañaban en una piletita hecha naturalmente por rocas. Me acordé que la primera vez que fui, me metí en esa pileta y la sentía como peligrosa, podía venir una ola y golpearme contra las rocas. Pero para ellos era inocente y relajante.
            Quería ir, quería explicarles que no era turista, que era local, que ya había ido, que no ensuciaba la playa, que tiraba los papeles en el tacho, que no tenía sombrilla ni carpa, que no quería música, ni poner un kiosco, no quería vender pulseras ni comida, que me parecía muy bello, exótico, que los respetaba, que los admiraba y apreciaba. Pero mi mensaje no podía ser enviado, estaban muy enojados, guerrilleados con armas que blockeaban la entrada. Eran capaces de matar, para ellos éramos insectos, una plaga que se multiplicaba.
            Me ví defraudada, vacía, pequeña. Caminaba entre la gente con poca energía, desorientada, ya nadie me seguía. Perdí ese lugar de pasión, de ilusión, que me mantenía viva, me hacía una líder, me engrandecía.

martes, 15 de noviembre de 2011

El paisaje esta cambiando

           Era una tarde de verano de mucho calor. Los caballos sudaban, el sol quemaba el pastizal. Ya hacía varias semanas que no llovía, la tierra del camino estaba tan dura que se escuchaban las pisadas de la yegua La Colorada. Además el charco se estaba secando, retrocedía cada día más. Ese año se pudo sembrar en aquel lote, solo quedaba agua en el camino viejo. Ya todo volvía al paisaje conocido, al recordado, luego de la inesperada inundación.
            Bernarda andaba la petiza pintada, el abuelo se la había regalado el año pasado para su cumpleaños. Pero ese año estaba  más mañera, le costaba doblarla, no le hacía caso. Había que pedirle al peticero que la use más en el invierno, capaz su hijo la podía andar. Aunque Bernarda ese día le pidió el rebenque al abuelo, después de tantas tardes de renegar, y decidió darle una paliza a ver si la sacaba buena.
            Después de una recorrida al trote, llegaron al lote del charco. Juan Carlos y Ramón se bajaron del caballo, se sacaron la remera y se sentaron cerca de la orilla. Bernarda los siguió y se sentó al lado. Tenía mucho calor. Entonces pensó que podía sacarse la remera también, ya que era chiquita no tenía nada que mostrar, además eran sus primos que podía pasar. Decidió comentarlo en voz alta.
-“Me voy a sacar la remera si total mi parte de arriba es como la de ustedes.”
            Juan Carlos y Ramón la miraron serios y extrañados pero asintieron con la cabeza sin decir nada. No era la respuesta que ella esperaba, se sintió incomoda pero igual se sacó la remera confiada que nada había de diferente. Al sacársela se notó rara, como si hubiera una tensión. ¿Qué pasa?, pensaba. Le daban ganas de volverse a poner la remera, pero no lo hacía, le daba vergüenza mostrar disgusto. Los chicos no la miraban, estaban callados. Bernarda se da cuenta que ya no era lo mismo, se siente distinta, desnuda, a pesar de que todavía su cuerpo no había madurado. Aguanta unos minutos y se viste. ¡Por fin!, ya está, había pasado, todo volvió a la normalidad. Agarran sus caballos y deciden ir a ver al padrillo que estaba en el molino.
            No volvió a acordarse de aquel momento angustiante con sus primos. Era mucho para ella, o era muy extraño. Simplemente no lo entendía. Pero sabía que era algo para callar, para tapar, para ocultar. Algo intimo en su cuerpo nació en ella, algo que debía cuidar, inclusive en la presencia de sus primos mas queridos.