Por aquel motivo, era la guía, alguien a quien debían seguir, marcaba el rumbo. En primer lugar, empezamos por cruzar esa laguna, avisé que pongan sus mochilas arriba de la cabeza. Era hondo pero si uno era valiente y no desesperaba llegaba al otro lado, llegaba a esa playa de arena blanca, ese mar trasparente, tranquilo y mansito. Ahí, nos instalamos un rato, tomamos un poco de sol, nos refrescamos en el mar y almorzamos.
Pero había otro lugar mejor, otra playa escondida. En donde para llegar había que ser aún más valiente. No había que traspasar agua, sino que había que trepar un morro. Animarse a descubrir, ir mas allá de lo que la vista, el ángulo de 45 grados deja conocer.
Fue un trabajo más difícil el de convencer que me siguieran, pero sentía tanta seguridad, tan claro era mi recuerdo que no dejaba margen alguno para la duda. Los arrastré como un ganado, como si los hubiera trasladado con mis manos, con mi deseo de compartir ese paraíso.
Era extraño, de golpe mi secreto no era tan único. Costaba trepar el morro, no por la dificultad de las piedras y el camino sin señalamiento, sino por la cantidad de gente que había. Se había vuelto turístico, había que pedir permiso. Fue perdiendo, se fueron desprendiendo pétalos de asombro. Pero mantenía mi certeza, había algo que debía ser mostrado.
Al llegar a la sima, atravesando la gente, nos encontramos con la razón del embotellamiento. No era permitido arribar al paraíso. A los mutantes nos les gustaba que invadieran su belleza. Era su lugar y habían decidido defenderlo. Se los veía desde la sima del morro, esos cuerpos largos, grandotes y oscuros. Eran pocos pero eran tan gigantes que la playa parecía más chica de lo que la recordaba. Nadaban de un lado a otro, se reposaban en la arena, se bañaban en una piletita hecha naturalmente por rocas. Me acordé que la primera vez que fui, me metí en esa pileta y la sentía como peligrosa, podía venir una ola y golpearme contra las rocas. Pero para ellos era inocente y relajante.
Quería ir, quería explicarles que no era turista, que era local, que ya había ido, que no ensuciaba la playa, que tiraba los papeles en el tacho, que no tenía sombrilla ni carpa, que no quería música, ni poner un kiosco, no quería vender pulseras ni comida, que me parecía muy bello, exótico, que los respetaba, que los admiraba y apreciaba. Pero mi mensaje no podía ser enviado, estaban muy enojados, guerrilleados con armas que blockeaban la entrada. Eran capaces de matar, para ellos éramos insectos, una plaga que se multiplicaba.
Me ví defraudada, vacía, pequeña. Caminaba entre la gente con poca energía, desorientada, ya nadie me seguía. Perdí ese lugar de pasión, de ilusión, que me mantenía viva, me hacía una líder, me engrandecía.