Otro verano de Bernarda que compartía con sus primos en el campo. Decidieron, bajo propuesta de su abuelo, ir a buscar un petizo al pueblo. Un socio se lo había regalado como parte de pago en un negocio. Eran días calurosos, el cielo estaba celeste, el sol ardía, la temperatura llegaba a los 40 grados. Pero estaban acostumbrados, o se convencían de aquello. Era salir bajo esa temperatura o quedarse dentro de la casa, malgasto de tiempo, de lugar, de sus vacaciones. Querían disfrutar cada momento, y eso implicaba sufrir un poco. Así al llegar a Buenos Aires tenían muchas cosas para contar.
Tempranito a la mañana, antes que amanezca, el abuelo despertó al mayor, este al menor, y por ultimo el menor se aventuró a entrar al cuarto de las mujeres para despertar a Bernarda.
La cocina tenía olor a café recién hecho, a tostadas. Bernarda al llegar se encuentra con el abuelo que miraba por la ventana.
-“Mira Bernarda, este espectáculo no lo ves en Buenos Aires ¿no?”
Bernarda se sonrojó, se sentía única, cómplice y afortunada. Al terminar el desayuno se pusieron las bombachas de campo y partieron con los frenos al corral en busca de los caballos.
Juan Carlos, el primo más grande, siempre adelante, se bajaba a abrir las tranqueras y marcaba donde convenía ir. Al salir del campo Bernarda sabía que la aventura había empezado. Se sentía grande, los autos pasaban por al lado y saludaban con un bocinazo. Este último no le gustaba a la petiza, se alteraba, a Bernarda le daba miedo que se asuste y salga disparada. Pero a lo largo del camino ambas, Bernarda y la petiza, se fueron acostumbrando. No sabía bien donde estaba, solo que iba camino al pueblo, seguía a Juan Carlos, quizás su caballo lo seguía.
Ya era el mediodía, la temperatura y el sol subían. No había forma de taparlo, era gigante. Encima el intendente había dado la orden de podar los arboles. ¿No podría haber esperado hasta el invierno? Los caballos tenían la cabeza gacha, ya no reaccionaban, habían adquirido un ritmo automático, ni siquiera con la fusta podían cambiarlo.
¡Ya esta!, Bernarda había llegado a su estado de máximo sufrimiento, sentía que se moría. Pedía llegar con todas las pocas fuerzas que le quedaban. Por momentos quería deslizarse del caballo y caer. Pedía agua ¡Agua y sombra!
A los pocos minutos una camioneta pasa y frena ¡Era la camioneta del abuelo! ¡Que felicidad! Se bajaron del caballo y fueron a saludarlo. Él los sorprende con una gaseosa helada, en envase de vidrio.
Bernarda pensaba en lo mágico que fue la llegada del abuelo, ella lo había pedido. ¿El abuelo habrá escuchado su pensamiento? ¿Se habrán conectado de alguna forma? ¿Habrá sido Dios? Se sentía cuidada, por más que esté fuera del campo, él estaba ahí, como una cámara de seguridad, como un ojo omnipotente, como energía danzante, como el sol ¿será por eso que estaba tan grande y tan arriba? Quizás se conectaba a través de satélites, tendría permiso de la Nasa. Se le ocurrió que capaz podía oler su miedo como lo hacen algunos animales, pero a diferencia de estos, con fines buenos. Se olió su brazo a ver si había algún cambio… ¡claro olor a sudor! Cuando uno necesita ayuda traspira. Se imaginaba donde podía tener su abuelo el equipo de cámaras en la casa ¿será en el altillo? Algo secreto había ahí porque nunca la dejaban subir, le decían que había ratas, pero ella siempre sospecho de eso… Se acordó nuevamente del sol, ¿la dañaba y luego la protegía? Observaba a su abuelo, alto, delgado, con bigotes, sus bombachas de jean, su camisa a cuadros azul. Notó por primera vez su mirada perdida, preocupada, triste...
-“Se te está escapando la petiza ¿no te das cuenta? ¿En que pensás?”, la retó Juan Pablo.
Bernarda agradeció la interrupción de su primo, no quería acordarse de lo que se había dado cuenta, le dio vértigo, había visto demasiado. Llegaron al corral en donde los esperaba el petizo. Descansaron un rato bajo la sombra de un árbol y emprendieron la vuelta, más confiados, más rápido, más protegidos.
“…El que pierde la inocencia y la sinceridad
es un huérfano solitario que no puede ya cantar
el que esconde la sonrisa bajo un árbol sin flor
corre el riesgo de estar pálido sin las caricias del sol…”
“Si vas hacia el centro de este verde lugar encontrarás mi pueblo donde nací. Pregunta por mi padre y te sabrán decir que es un campesino amigo del sol. Busca a mi padre y dile que estoy bien que mi conciencia sigue libre y que siguen muy mansos mis pensamientos. Dile que extraño las cosechas, el rumor del bosque y la hierba, las frutas frescas y del verano la siesta.”
Leon Gieco.
3 comentarios:
¿Por qué Leon Gieco? Nos recuerda de nuestra tierra, de nuestras costumbres, nuestra gente, nuestra historia. Trataré de destacarlo, de homenajearlo, me hace sentir orgullosa de mis orígenes y me fortalece.
Cata. MuUUUUUUuuy lindo relato!!!! En esta mañana dormida me despertó!!!
Besotesssss. Debo decirte que tenés mucha creatividad e imaginación dale para adelante!!!
Besotes y nos vemos pronto :)
Gracias Nadu!!! Que bueno que te ayude a despertarte!!!
Pensaba recien en los orígenes... en las nacionalidades... bueno yo tengo piel clara y pelo castaño, ¿que origen tengo historicamente? La mezcla... estamos mezclados!! Otra idea para escribir algo!
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